Democracia: el arte de gobernar con el pueblo, no a pesar de él

La democracia no es un destino, sino un ejercicio cotidiano que exige participación, crítica y memoria.

Hay quienes creen que la democracia se reduce a depositar un voto cada cierto número de años. Piensan que con cumplir ese ritual ya están en paz con su deber ciudadano. Pero la democracia es mucho más que eso: es un músculo que se atrofia si no se ejercita, una conversación inacabada que requiere de voces diversas, una promesa que solo se sostiene con vigilancia constante.

En Ecuador, como en gran parte de América Latina, hemos visto cómo la democracia se ha vuelto, para muchos, sinónimo de alternancia en el poder. Pero la alternancia sin participación real, sin transparencia, sin rendición de cuentas, no es más que un juego de sillas musicales donde el pueblo mira desde la gradería. La verdadera democracia exige que el ciudadano pase de ser espectador a protagonista.

La trampa de la delegación

Uno de los mayores peligros que acechan a la democracia moderna es la delegación ciega. Elegimos a un candidato, le entregamos nuestras esperanzas y luego nos olvidamos. Nos indignamos cuando las cosas salen mal, pero rara vez asistimos a las sesiones de la Asamblea Nacional o del Concejo Municipal, rara vez leemos los proyectos de ley u ordenanza, rara vez exigimos que el presupuesto participativo sea una realidad.

La democracia interna de los movimientos políticos, esas primarias donde se eligen a los candidatos, debiera ser el espacio donde las ideas compiten y los afiliados deciden. Pero demasiado a menudo, esas primarias son trámites vacíos, donde el dedo del líder pesa más que la voluntad de las bases.

El valor de la crítica y la memoria

Una democracia saludable no teme a la crítica; la necesita. La crítica informada, la que nace del conocimiento de los temas, la que se apoya en datos y no en consignas, es el oxígeno de la vida pública. Por eso es tan preocupante que en nuestro país haya crecido la desconfianza hacia las instituciones, no por un capricho ciudadano, sino porque demasiadas veces las instituciones han fallado en su mandato de servir al bien común.

La memoria también es un pilar democrático. Olvidar los errores del pasado, las promesas incumplidas, los escándalos de corrupción, es condenarnos a repetirlos. La democracia no es un borrón y cuenta nueva; es un aprendizaje continuo. Por eso, cuando vemos que un exalcalde vuelve a la palestra política, no deberíamos asumir automáticamente que es bueno o malo, sino preguntarnos: ¿qué aprendió de su gestión anterior? ¿Qué ofrece diferente ahora? ¿Cómo rindió cuentas entonces?

Participación más allá del voto

La democracia participativa no es una moda ni un lujo. Es una necesidad. Mientras los ciudadanos se limiten a elegir cada cuatro o cinco años, el poder real seguirá concentrado en pocas manos. El presupuesto participativo, las consultas populares vinculantes, los cabildos abiertos, las veedurías ciudadanas, son herramientas que existen pero que pocas veces se usan con intensidad.

En Ecuador, los ciudadanos debieramos preguntarnos no solo quién nos gobernará, sino cómo van a gobernar junto a quienes elijamos. Porque un alcalde o una alcaldesa, por más capaz que sea, no puede resolver solo los problemas de una ciudad. La movilidad, la seguridad, el acceso al agua, el empleo juvenil, son desafíos que requieren el concurso activo de la comunidad organizada.

El espejo de la democracia interna

La democracia interna de los partidos y movimientos políticos es el termómetro de la salud democrática de un país. Si dentro de las organizaciones políticas no hay debate, si las bases no tienen voz, si los candidatos se imponen desde arriba, ¿qué podemos esperar del gobierno que ofrecerán? La coherencia exige que quienes aspiran a gobernar una ciudad o un país hayan demostrado antes capacidad de escuchar, de dialogar, de construir consensos dentro de su propia casa.

El reciente proceso que han vivido los partidos y movimientos pilíticos en Ecuados, son oportunidades para observar cómo se hace política. ¿Son procesos genuinos o son escenificaciones? ¿Hay espacio para el disentimiento o solo para la adhesión? Las respuestas a estas preguntas dicen mucho del tipo de democracia que podemos esperar después de las elecciones.

Conclusión: la democracia como tarea inacabada

La democracia no es perfecta, nunca lo será. Pero es el mejor sistema que tenemos para organizar la convivencia, siempre que la entendamos como una tarea inacabada, siempre que la asumamos como responsabilidad compartida. No basta con votar; hay que informarse, hay que participar, hay que fiscalizar, hay que proponer. No basta con elegir; hay que exigir. No basta con delegar; hay que acompañar.

Los procesos electorales son momentos importantes, pero la democracia se juega todos los días: en el barrio, en la junta de agua, en el comité de padres de familia, en el concejo municipal, en la asamblea. Construirla es un oficio artesanal que requiere paciencia, constancia y, sobre todo, la convicción de que el poder no está arriba, sino entre todos.

Mientras haya ciudadanos dispuestos a hacerse preguntas incómodas, a levantar la voz con fundamento, a organizarse para transformar su entorno, la democracia estará viva. Cuando esos ciudadanos se callan, cuando se cansan, cuando dejan de creer, la democracia empieza a morir. La pregunta es: ¿del lado de qué historia queremos estar?

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